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           Ya no quedaba casi nadie en el pueblo. Solo los ancianos permanecían fieles a su labor diaria de enterrar doncellas. Habían transcurrido muchos años desde que sepultaron a la primera y aún así les seguían temblando las manos al amortajar aquellos rostros de frescura doliente.  Antes, eran sus esposas quienes  se encargaban de estos rituales preparatorios pero hacía tiempo que ellas se habían marchado.  Algunas pocas habían fallecido. La mayoría decidieron abandonar a  aquellos hombres que las miraban como si no existiesen. Huyeron de madrugada sin apenas equipaje, maldiciendo aquel monstruoso  e inmenso árbol de ramas púrpura que apareció un día, no se sabe cómo, en el centro del pueblo.  Aquel de cuyas ramas continuaba brotando cada amanecer una preciosa muchacha muerta.

Mercedes JR

Nocturno

luna

He llegado hasta ti por las esclusas de la noche.

La luna siembra el agua de raíces marmóreas

y se yergue el deseo como una fuente opaca.

Mercedes J.R

Problema de conciencia

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     Se durmió soñando que él también podía volar. Noche tras noche se repetía el mismo sueño: se elevaba hasta colarse por la ventana de su habitación y, aprovechando que roncaba plácidamente, se apuntaba a sí mismo a la nuca con una pistola. De pronto, cesaban los ronquidos, se movían las sábanas y observaba con disgusto que había cambiado de postura. Ahora el arma encañonaba a su nariz de modo que no le quedaba más remedio que despertarse y aplazar de nuevo el suicidio. Jamás dispararía a un hombre mirándole a la cara. Su conciencia no podría soportarlo.

Mercedes JR

Drífula Y Tipoc

(pequeño homenaje al gran Julio Cortázar)

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Todos conocen a Drífula y Tipoc por su manía de discutir como jarras que se desperezan.  Y es que, al contrario de lo que puede parecer, Drífula y Tipoc son en realidad muy distintos.

Drífula es espumosa y la mayor parte del tiempo se entristece contra los renglones. Tipoc, en cambio, es más concluyente y por eso pocas cosas le susurran, ni siquiera los triángulos, por muy puntuales que éstos sean. Así que basta con que las palmeras se giren o con que un resumen no esté del todo enfermo para que se exprima un alboroto a las tres y media. Cada vez que esto ocurre, Tipoc comienza a encoger sus rastrillos, Drífula grita hasta que se le sale el periódico y a los vecinos no les queda más remedio que secuestrar los manteles durante un rato. Así pueden pasar horas, incluso páginas, hasta que uno de ellos (casi siempre Tipoc) se decide a flotar.

Entonces se observan desde lejos con los algodones mansos, luego se aproximan el uno al otro y al fin se besan, desordenadamente, como cafeteras cansadas.

Porque, en el fondo, Drífula y Tipoc se quieren mucho, demasiado, tanto que los cuadernos anochecen.

Mercedes J.R

SOPAS DE PAN

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El pez se revuelve en la barca buscando un resquicio de vida. Vasili Vasilievich se inclina sobre él con gesto pensativo.

Está cayendo la noche y el lago parece una escama morada. Después de días sin pesca, hoy, por fin, Vasili ha conseguido hacerse con un ejemplar que hará las delicias de su mujer.

Pero la memoria del anciano, siempre caprichosa, retrocede a su antojo a otro tiempo, a otro lugar, a otra agonía.

De pronto, se ve llegando a la cabaña de su infancia, allá en los Urales. Lleva horas caminando sobre la nieve con la medicina para su hermana en el bolsillo y al entrar en la habitación observa impotente cómo la pequeña Sasha abre sus grandes ojos para no abrirlos más.

Y ahora estos mismos ojos que se agarran a los suyos, estas mismas ganas de seguir respirando…

Vasili  se agacha con un gruñido, libera al pez y lo deposita suavemente sobre el agua.

Mientras rema hacia la orilla piensa en lo que le dirá su esposa cuando lo vea:

“¿Otra vez nada? ¡Qué se le va a hacer! Te estás haciendo viejo, Vasili Vasilievich. Anda, entra, volveremos a comer sopas de pan”.

Mercedes JR

Muchísimas gracias a Juan Morán, creador de “Esta noche te cuento”, un espacio donde muchos compartimos nuestra ilusión por escribir, donde se nota que hay cariño y respeto entre todos los participantes. Gracias al jurado por premiar este cuento, mi pequeño homenaje a Chejov, y colocarme junto a dos grandes como son Rosa Molina y Francesc Barberá. Todo un honor.

("Desnudo azul", Picasso)

 

Observas cómo duerme sobre la piel desnuda

la soledad de lo infinito, esa frágil densidad

que nos une al parpadeo de los astros.

Mercedes J.R

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Ahora toca hablar del verano. Para casi todo el mundo decir verano es casi lo mismo que decir mar. Así que la cuestión es… ¿de qué mar hablo? Está el mar paradisiaco de Aleixandre, el mar íntimo de Alberti, el mar pensante y pensado de Juan Ramón Jiménez, que llegué a imaginarme como un cerebro de terciopelo. También tenemos el mar místico de Salinas y su nadadora de noche, el mar desesperado de Neruda y, por supuesto, el mar último de Alfonsina Storni. Y después de tener en cuenta todo esto… ¿quién soy yo para hablar del mar?  A lo mejor, tendré que conformarme con los veranos de mi infancia y hablar de las estelas de humo que dejan los barcos de vapor a media tarde o de las hierbas altas que crecen en las orillas del Mississippi y que aprendí a pisar con los pies descalzos de Tom Sawyer.

Mercedes JR

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